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VINDICACIÓN DE UNA CONFLUENCIA

Hay temas de la vida universitaria que pasan muchas veces como inquietudes ocasionales, como objetos de conversaciones casuales o como angustiosas rabietas originadas en las tensiones inherentes a la vida universitaria. En un ambiente así, la  experiencia de un docente –cuyos días están compuestos de horas y horas en el Campus- lo enfrenta a un universo de posibilidades, pero también le señala duras restricciones. Ser conscientes de unas y otras es nuestra responsabilidad y constituye  una condición para seguir sosteniendo este sueño colectivo que es la cultura universitaria.

La Universidad es un complejo ámbito de interacciones, compuesto por redes muy variadas que tejen vínculos entre profesores, estudiantes, administradores y usuarios externos. En el corazón de la vida de la Universidad está el cotidiano encuentro entre docentes y estudiantes; las virtudes y defectos más chocantes de la vida universitaria emergen por parejo de dicha interacción y de las restricciones y oportunidades que los marcos institucionales les imponen. El papel docente sólo se entiende si hay alguien del otro lado, si hay quien interroga, si hay alguien que se entusiasma o se irrita por lo que decimos y quiere seguir el hilo de nuestras reflexiones para profundizarlas o para rebatirlas completamente.

En uno de sus cuentos, Borges (Obras completas. T. III. Sao Pablo, Emecé Editores, 1994. P. 389-392) coloca a un viejo alquimista de Basilea, en una situación incómoda con un recién llegado.  Paracelso ha solicitado a su dios que le envíe un discípulo. Cuando ya no espera que sea cumplida su plegaria, aparece un hombre con obsequios y exigencias, que se traba en una conversación con el maestro, a quien le pide una prueba a cambio de someterse a él por largo tiempo. Parece creer en la fama acumulada por Paracelso –venerado, agredido, insigne y hueco- pero quiere percatarse de su destreza, desea “ver” cómo el alquimista trueca en rosa lo que era ceniza por efecto de las llamas.  El recién llegado quiere aprender el arte y desea una prueba de sus posibilidades. Desconcertante, el maestro no cede a su petición y propicia el desengaño, no aspira a conquistarlo con un truco, le ofrece la palabra y dado que ésta no le basta, lo deja marchar. Habían hablado de una meta y de un camino. El maestro, con severidad, indicó que los pasos que se dan son ya la meta.  La relación se trunca, pero el milagro ocurre; la rosa vuelve a ser rosa después de haber aparentado la ceniza, mas el discípulo ha cruzado la puerta y no puede ser testigo del prodigio.

Esta narración retrata una tensión constitutiva de la vida universitaria. El maestro seguirá pidiendo su discípulo, el discípulo continuará demandando el milagro que lo seduzca y entre los dos habrá un camino que es ya una meta y que habrá que esforzarse en reconocer, cuidando que no se llene de escombros.  La magia de la Universidad consiste en mantener viva la posibilidad de este encuentro, porque sin estudiantes –y sobre todo, sin la confluencia entre éstos y los profesores- el sentido de la vida universitaria se torna en otra cosa; puede ser un mundo de expertos investigadores, de consultores prestigiosos, de creadores de opinión, de jóvenes inteligentes haciendo cosas muy variadas, pero no es el mundo que ofrece la idea originaria de Universidad.

Repensar este asunto es vital en un momento en el que tendemos a “naturalizar” nuestros conflictos y tensiones, descuidando algunos aspectos cruciales del problema. Se supone que a despecho de las frecuentes interrupciones la Universidad funciona porque seguimos cumpliendo compromisos como la escritura, la investigación y las asesorías. Pero este diagnostico “tranquilizador” no dimensiona adecuadamente las consecuencias de lo que viene sucediendo. Primero, porque no comprende que muchas de las cosas que hoy ocurren socaban y vuelven más distante la relación entre estudiantes y profesores. Segundo, porque elude reflexionar sobre las trasformaciones que vive la Universidad, incapacitándose para pensar el lugar de la relación docente-estudiante en el marco de los nuevos modelos universitarios.

El primer asunto se introduce como una prueba en contra de la Universidad en la que los estudiantes juegan un papel fundamental. El razonamiento diría que si a pesar de que los estudiantes no tienen clases regulares, la Universidad “funciona” como empresa de investigación, de consultoría, como fuente para los periodistas, entonces no requerimos de la presencia de los estudiantes y eso justifica restringir su acceso como una medida razonable. Es notable que este tipo de diagnostico fundamenta una tremenda injusticia y una manera práctica –que elude toda discusión- de dar relevancia a las cosas que funcionan –la investigación o la extensión- desplazando aquellas que nos resultan más problemáticas, más cuestionadoras y menos rentables; pero desdibujan con ello la esencia de la Universidad. Insisto, la Universidad sin estudiantes puede ser una rentable empresa de consultoría, una buena agencia de investigación o de prensa, pero deja de ser Universidad.

El segundo aspecto es un poco más complejo de formular, porque no se trata de reclamar la conservación de una Universidad embelesada en su vínculo originario, sino de repensarlo para que responda a los retos actuales. Esto obliga a dimensionar el significado de la educación superior, como ámbito institucional, socialmente legitimado, que es valorado como el mejor espacio para la producción y difusión del conocimiento, en la medida en que garantiza a la sociedad un saber confiable.

La comprensión de la problemática planteada en esos términos, exige precisar algunos elementos que surgen de la práctica universitaria. En primer lugar, se debe partir de reconocer que el saber experto es la variable más relevante en el desarrollo científico y tecnológico, y que funge como punto de referencia para las nuevas formas de organización social presentes y futuras. De manera muy significativa y en cierto sentido irrenunciable, gran parte de la valoración social que recibe la Universidad radica en que es considerada el lugar de “producción” de conocimiento experto. Si mantiene esta parte de su sentido, la Universidad debe esforzarse por consolidar su reconocimiento como el lugar donde están los que “saben”.

En segundo lugar, dando por sentado el compromiso con la producción del saber, también emerge la responsabilidad con la divulgación y la aplicación de éste. En muchas oportunidades se ha querido encerrar a la Universidad en una especie de torre de marfil en la que residen extraños sujetos que se dedican a la ciencia y que poseen un saber recóndito e impenetrable. Por oposición, el sentido de la Universidad radica precisamente en que se deshace del encierro y pone a circular el saber.  En este plano, la enseñanza universitaria revela su carácter de esfuerzo colectivo y asume su mayor responsabilidad.

En tercer lugar, las posibilidades que tiene la Universidad de mantenerse vigente, están estrechamente relacionadas con su capacidad para reorientar sus opciones didácticas y de trabajo en el aula en sintonía con el desarrollo científico-técnico y de los reordenamientos socioculturales que se operan en nuestra época. Esto implica que la Universidad sea consciente de la intencionalidad de su labor, de los métodos idóneos para desarrollarla, de los medios que facilitan la tarea, de los espacios y recursos que utiliza para que el conocimiento fluya. Esto también requiere constancia y ritmo en las actividades formativas.

A manera de síntesis, la vida universitaria ofrece dimensiones que definen su complejidad y orienta los retos a los que debe responder:
1.     Ofrecer un escenario acondicionado para desarrollar un “saber experto”, que circula por el esfuerzo de sujetos calificados para enseñarlo y por la creatividad de quienes lo recrean. Aquí quien produce saber, también se muestra capaz de darlo a conocer y de hacer que otros desarrollen habilidades al respecto.
2.     Ser un marco institucional capaz de poner a funcionar currículos contextualizados y en permanente revisión, cuyos contenidos temáticos, procedimientos y actitudes propician el desarrollo integral del futuro profesional y su inserción en sociedad.
3.     Convertirse en escenario para que alumnos socialmente comprometidos y haciendo uso de su inteligencia, lucidez y disciplina, encuentren condiciones para afrontar su formación a partir de experiencias significativas, acumulando saberes específicos, desarrollando habilidades analíticas, y cultivando posibilidades de reconstrucción crítica de los saberes.

En este punto, quiero retomar el hilo de la reflexión inicial. A diferencia de Paracelso la Universidad no puede darse el lujo de que su discípulo atraviese el umbral, de que opte por la salida. El prodigio que significa la Universidad requiere como testigo –y no mudo- a los estudiantes y necesita que los docentes vuelvan a tenerlos en el centro de sus intereses y preocupaciones.

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