El señor presidente, indignado, censura el uso político de las gestiones de liberación de secuestrados. Según sus cálculos, quienes promueven estas liberaciones están interesados sólo en el show político y ve en esto una perversidad. Sólo que no tiene en cuenta que de dicha perversidad sale ganando un hombre -Pablo Emilio Moncayo- que al servicio del Estado, perdió su libertad hace más de once años. Dicho logro parece pequeño a los ojos del mandatario. Creo que hay razones, no sólo humanitarias, para creer que no lo es.
En las actuaciones del presidente hay detalles que están relacionados y que podrían ayudar a revelar el sentido de una decisión equivoca, cuyo mensaje es muy desalentador. La reacción del presidente, difundida ampliamente por los medios de comunicación nacionales e internacionales, se produjo en medio de otra oleada de escándalos , que agrega nuevos eventos a una larga colección de fechorías de personas y agentes del gobierno, que en efecto deterioran el funcionamiento del Estado. En ese contexto, el mandatario enfiló baterías contra las gestiones realizadas por “Colombianos por la Paz” y por la senadora Piedad Córdoba, tendientes a la liberación de secuestrados. Como es su costumbre, el argumento es simple y pegajoso: de esa acción se derivan beneficios políticos y las Farc usan ese recurso para ganar visibilidad y para blindar a la “farcpolitica”. El mandatario le pide a esta organización armada que “suelte” a los secuestrados en algún lugar donde los pueda recoger algún organismo internacional. ¿Cómo creer que el presidente habla en serio? La petición es retórica y engañosa, de aquellas que se formulan cruzando los dedos para que no se vaya a concretar. ¿O acaso en la genuina astucia del presidente, cabrá la idea de que esa petición será atendida por una organización que el mismo ha ayudado a identificar como el símbolo de la maldad? Todos sabemos que las Farc son una organización delincuencial que actúa estratégicamente. Y por ello peticiones de esta clase, van con un destinatario erróneo. O más bien, van encaminadas a nutrir un mensajes que calan en medio de nuestra pandemia de estupidez y malos entendidos.
También advierte el mandatario, a través de la alusión al terrorismo, que el hecho pone en riesgo la seguridad del Estado. No deja de ser muy llamativo que la liberación de un hombre pueda ser un acto del terrorismo, lo que se constituye en una prueba más de la elasticidad de esta palabra y de su virtual utilidad para la confusión. Y no deja también de preocupar la suposición de que “el show” es un arma tan letal que es mejor evitarlo, aunque ello signifique unos años más de selva y de cadenas para un servidor del Estado. El alma del presidente, a la que no ha podido convencer de lo pernicioso de la reelección, le sugiere que debe entorpecer estas gestiones, le habla de sus elevados costos y le dice que, aprovechando su posición, es su deber hacer lo posible para evitar que la liberación se concrete.
Hay un elemento que agrava un poco la situación. El permanente clima electoral en que se acostumbró a vivir el presidente, le impide que tome decisiones en una perspectiva seria de Estado, desprovistas del espíritu mezquino inherente a la competencia por los votos. Al plantear los reparos a las gestiones de Piedad Córdoba en términos de “festín politiquero”, se pone en evidencia que está compitiendo por los réditos del mismo festín. Esa clase de reclamos no se hace, salvo que uno esté interesado en lo que el otro obtiene: puntos en las encuestas, visibilidad política, popularidad. Y eso perece desvelar al presidente. La serenidad que el gobernante pierde por estar pensando en las posibilidades de un próximo mandato, tiene hoy el costo de alargar la condena de las personas que han sido condenadas a sufrir la terrible ofensa del secuestro, esa excursión involuntaria y con cadenas, en las que las Farc tienen a un número importante de colombianos y frente a lo cual el gobierno lo único que se le ocurre es oponerle argumentos electorales.
Sin duda, el lado canalla del mandatario gobierna en estas circunstancias, rudamente golpea el rostro y las esperanzas de quienes quieren a su gente en la casa.
En las actuaciones del presidente hay detalles que están relacionados y que podrían ayudar a revelar el sentido de una decisión equivoca, cuyo mensaje es muy desalentador. La reacción del presidente, difundida ampliamente por los medios de comunicación nacionales e internacionales, se produjo en medio de otra oleada de escándalos , que agrega nuevos eventos a una larga colección de fechorías de personas y agentes del gobierno, que en efecto deterioran el funcionamiento del Estado. En ese contexto, el mandatario enfiló baterías contra las gestiones realizadas por “Colombianos por la Paz” y por la senadora Piedad Córdoba, tendientes a la liberación de secuestrados. Como es su costumbre, el argumento es simple y pegajoso: de esa acción se derivan beneficios políticos y las Farc usan ese recurso para ganar visibilidad y para blindar a la “farcpolitica”. El mandatario le pide a esta organización armada que “suelte” a los secuestrados en algún lugar donde los pueda recoger algún organismo internacional. ¿Cómo creer que el presidente habla en serio? La petición es retórica y engañosa, de aquellas que se formulan cruzando los dedos para que no se vaya a concretar. ¿O acaso en la genuina astucia del presidente, cabrá la idea de que esa petición será atendida por una organización que el mismo ha ayudado a identificar como el símbolo de la maldad? Todos sabemos que las Farc son una organización delincuencial que actúa estratégicamente. Y por ello peticiones de esta clase, van con un destinatario erróneo. O más bien, van encaminadas a nutrir un mensajes que calan en medio de nuestra pandemia de estupidez y malos entendidos.
También advierte el mandatario, a través de la alusión al terrorismo, que el hecho pone en riesgo la seguridad del Estado. No deja de ser muy llamativo que la liberación de un hombre pueda ser un acto del terrorismo, lo que se constituye en una prueba más de la elasticidad de esta palabra y de su virtual utilidad para la confusión. Y no deja también de preocupar la suposición de que “el show” es un arma tan letal que es mejor evitarlo, aunque ello signifique unos años más de selva y de cadenas para un servidor del Estado. El alma del presidente, a la que no ha podido convencer de lo pernicioso de la reelección, le sugiere que debe entorpecer estas gestiones, le habla de sus elevados costos y le dice que, aprovechando su posición, es su deber hacer lo posible para evitar que la liberación se concrete.
Hay un elemento que agrava un poco la situación. El permanente clima electoral en que se acostumbró a vivir el presidente, le impide que tome decisiones en una perspectiva seria de Estado, desprovistas del espíritu mezquino inherente a la competencia por los votos. Al plantear los reparos a las gestiones de Piedad Córdoba en términos de “festín politiquero”, se pone en evidencia que está compitiendo por los réditos del mismo festín. Esa clase de reclamos no se hace, salvo que uno esté interesado en lo que el otro obtiene: puntos en las encuestas, visibilidad política, popularidad. Y eso perece desvelar al presidente. La serenidad que el gobernante pierde por estar pensando en las posibilidades de un próximo mandato, tiene hoy el costo de alargar la condena de las personas que han sido condenadas a sufrir la terrible ofensa del secuestro, esa excursión involuntaria y con cadenas, en las que las Farc tienen a un número importante de colombianos y frente a lo cual el gobierno lo único que se le ocurre es oponerle argumentos electorales.
Sin duda, el lado canalla del mandatario gobierna en estas circunstancias, rudamente golpea el rostro y las esperanzas de quienes quieren a su gente en la casa.
Comentarios