Y uno de los últimos que abandona el pueblo, dice:
-Que no venga la desgracia a caer sobre lo que queda de nuestra casa -y entonces la incendia y otros incendian también sus casas.
Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en un éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio, clamando:
-Yo dije que algo muy grave iba a pasar, y me dijeron que estaba loca.
Gabriel García Márquez
Una ciudad es, entre otras muchas cosas, un conjunto de rumores que circulan por diversos ámbitos y cuyo contenido es tan variado como su fluidez. En cierto sentido, el rumor funciona como una especie de pegamento de la sociedad: entorno a él pueden juntarse quienes coinciden en un Café, en una fila, en el transporte, en la tienda. Lugares propicios para comentar y reproducir cosas que se han oído, que adquieren vida propia por la fuerza de la reiteración. Mark Granovetter pensaba en fenómenos de esta naturaleza cuando analizó la fuerza que tienen los “vínculos débiles”, mostró el peso que dichas relaciones ocasionales tienen en la estructuración de la sociedad y de la opinión pública.
Los rumores crean grandes expectativas, debido al componente subjetivo y sugestivo que tiene la vida colectiva. Por eso resulta tan fácil que de un rumor se derive el pánico. Como se sabe, con el pánico pueda modelarse la catástrofe y la profecía autorrealizada. García Márquez lo retrató de manera sencilla y eficaz en “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”. Esta historia pone en evidencia algunos detalles que se deberían tener en cuenta:
1. El rumor es acumulativo y su fuerza radica en esa reiteración “enriquecida” que le da vida.
2. En medio del pánico producido por un rumor, siempre habrá alguien que puede sacar partido, alguien que aprovecha –social, económica o políticamente- los efectos que produce el pánico.
3. El rumor re-significa los acontecimientos cotidianos, dándoles un lugar en el cuadro general que trata de articular y puede desencadenar, a partir de dicha re-significación, desenlaces que funcionan como profecías auto-realizadas.
En circunstancias como las de la ciudad de Medellín, muchos políticos usan el rumor para producir pánico colectivo, del que esperan poder pescar algún beneficio a pesar del deterioro de la sociedad. Es innegable que la situación de la ciudad está marcada por la vitalidad de nichos de ilegalidad, entrecruzados problemáticamente con actividades legales, lo que determina en parte su asombrosa capacidad adaptativa. No puede uno dejar de reconocer también que los esfuerzos del gobierno local no siempre han sido eficaces para producir resultados sostenibles a largo plazo. Pero si a todas estas dificultades se agrega el pánico producido y reproducido por aquellos que saben que engordando un rumor de catástrofe pueden sacar partido para recomponer su capital electoral, para reconquistar su porción burocrática y para reinstalar su negocio particular en el ámbito del poder político local. Si a todas las dificultades inherentes a una sociedad conflictiva le agregamos el miedo y sus corifeos, sin duda estaremos en una situación mucho más difícil de resolver.
Cuando uno habita una ciudad como Medellín sabe -y se preocupa- por el impacto de muchas de sus turbulencias, pero es razonable suponer que habría unos mínimos en los que todos los actores sociales y políticos deberían enmarcar sus propósitos. Uno de ellos, es que en temas delicados como la seguridad no debería confundirse la “veeduría” de la actuación de los funcionarios públicos, con acciones –no siempre orientadas al bien común- que infundan desconfianza sobre los gobernantes. En cualquier caso, hacer veeduría debería ayudar a mejorar el desempeño de nuestras instituciones pero sin socavar su fundamento. En una ciudad caracterizada por cierta desconfianza frente a las instituciones -uno de los males de nuestro capital social- y en la que pareciera tener más futuro las redes de matones y mafiosos, hay acciones que no aportan adecuadamente a la necesaria crítica a los gobernantes sino a favorecer la actuación de nichos delincuenciales y a potenciar su capacidad disolvente. Ninguna de estas observaciones insinúa que deba pasarse por alto las actuaciones equivocadas o torpes de los gobernantes; advierte simplemente de los efectos de críticas inadecuadamente formuladas.
Acaso el tema de la seguridad ciudadana resulte ejemplar para lo que se viene diciendo. Su terreno es muy parecido al económico, en la medida en que en uno y otro plano el pánico producido por un rumor funciona bajo la lógica de “algo terrible va ocurrir en este pueblo”. También en uno y otro terreno hay problemas objetivos que no pueden ni deben ocultarse. Pero en ambos casos, la manera de referir las problemáticas resulta fundamental para agudizar los problemas o buscarles salidas creativas. Volviendo al punto, cuando en el terreno de la seguridad se alimenta una sensación de creciente malestar, se va dando forma a un deterioro real de los indicadores básicos y se dificultan los niveles necesarios de cooperación entre los ciudadanos y los gobernantes, generalizando estrategias de “sálvese quien pueda”.
Medellín ha vivido procesos de transformaciones importantes y valiosas en los últimos años. Esas trasformaciones han estado ligadas, en parte, a los cambios que se produjeron en la coalición de gobierno y en parte a que la ciudad cuanta hoy con un nivel mucho mayor de complejidad institucional. Hay cambios en la manera de gestionar los asuntos de la ciudad pero por si sólo esto no supone una eliminación de nuestros problemas crónicos. Uno de los baches con el que se enfrenta la posibilidad de darle mejores perspectivas a esta trasformación está parcialmente afincado en el juego en el que algunos líderes y generadores de opinión se han empeñado: hacer de la tragedia una oportunidad de negocios sin pensar demasiado en los efectos deletéreos que ese juego tiene sobre el conjunto de la ciudad.
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