Esa
cosa igualadora que es la muerte, ha planteado una coyuntura crítica que genera
retos de corto plazo a la política venezolana en ausencia física de Hugo Chávez.
Aquí sugiero algunos a modo de reflexión, no de pronóstico; cosa que será mejor
dejar a los aventureros y a periodistas rabiosos que cubren estas realidades.
El
primer reto es llenar el vacío que deja un líder con un estilo fuerte y carismático,
cuyo impacto en la política interna y externa de Venezuela es reconocido tanto
por seguidores incondicionales como por enemigos acérrimos. Esto tiene dos
aristas. La primera consiste en alimentar la imagen construida alrededor del “Comandante Presidente”
como un recurso simbólico de unidad; práctica coherente ante quien usó tanto
símbolo y apeló a tanta iconografía. La otra arista se delinea en la necesaria transformación del
liderazgo. Resulta casi natural que ante la desaparición de un dirigente con
este caris surjan relevos en competencia con estilos muy disimiles, entre
quienes debe resolverse el no sencillo problema de la sucesión y de la
competencia por la heredad. ¿Cómo conciliar el símbolo con el reacomodo de los líderes
de la coalición?
El
segundo reto es mantener la unidad nacional, en un marco que va más allá de los
bandos que han protagonizado las últimas contiendas políticas y que, en varias
ocasiones, han apostado a la polarización. De un lado se requieren garantías
suficientes para que la oposición se mantenga dentro de los marcos
constitucionales, apostándole a la sucesión a través de elecciones. La
responsabilidad del gobierno actual es preservar la estabilidad del sistema
político con señales inequívocas de respeto por el juego democrático,
reduciendo la tentación de golpe, provenga de donde provenga. Por otra parte, tales
señales operan como “restricciones” ante posibles tentativas desestabilizadoras
y muestran las enormes ventajas de la auto-restricción del gobernante como
mecanismo para reducir las reacciones adversas de los opositores.
Las
elecciones venideras constituyen el
tercer reto de la política venezolana. Concurren aquí tanto la oposición como
el gobierno; y en dicho anudamiento será deseable la seriedad y ponderación de
las partes. No es posible predecir resultados, pero hay algunos datos que
indican posibles trayectorias: unas elecciones nacionales con Chávez actuando,
con un resultado que lo favoreció (55,07% Vs 44,31%) a pesar de la unidad de la
oposición y de la campaña de medios que cuestionaba la legitimidad del régimen;
unas elecciones regionales con Chávez en retirada forzosa por enfermedad, en la
que conquistaron 20 gobernaciones contra 3 de la oposición. Agréguese a esto el
fervor de campaña en el que se ha convertido la última etapa de la enfermedad
del presidente hoy fallecido.
El capital
electoral del Chavismo no es ficticio y no parece estar sometido a altas
volatilidades; sobre esta base resultan razonables las expectativas de triunfo
en unas próximas elecciones, más aun si se combinan un seguimiento fervoroso al
líder recién muerto y una maquinaria política cuya eficacia ha sido ya probada
en elecciones previas. Como resulta notable, son muchas las responsabilidades,
pero podrían resumirse en una máxima: mantener tanto la unidad de la nacion
como del propio movimiento político, apostándole a no jugar sucio en las
elecciones.
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