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Hay que seguir trabajando por las Instituciones

A la alegría por los acontecimientos recientes deberíamos sumarle una dosis de responsabilidad con las instituciones. Es desafortunado que un hecho que podría unirnos nos divida; que un acontecimiento que mejora ostensiblemente las condiciones de vida de los recién liberados, sirva de pretexto para erosionar la democracia hacia el futuro.

Creo que la principal fuente de división está en una actitud que tiene dos caras. En el anverso presenta la viciosa tendencia de estar viendo en cualquier actuación del gobierno cortinas de humo. En el reverso, la costumbre, también perversa, de suponer que estos logros son justificación suficiente para cambiar las normas o saltárselas por el burladero, a favor de una persona o de su estilo de gobierno. Estoy seguro que una y otra cosa agrega problemas a nuestra sobrevivencia como sociedad y expresa una gran desconfianza frente a las instituciones.

Lo más grave de todo es que esta es una actitud de una mezquindad terrible para con los liberados: quedan convertidos en un simple trofeo, su dolor o su alegría son un tributo ocasional al dios de la guerra. La mesquindad es el motor de esta actitud y el oportunismo es la manera en que se materializa. Oportunismo quiere decir: que el éxito en esta operación sea usado como el motivo para erosionar la estabilidad de las instituciones. Que se quiera sacar de él como consecuencia irremediable la reelección del presidente Uribe o su continuidad en el mando a través de una persona que él designe. Como es obvio, esto va más allá de los tradicionales guiños que hace un gobernante bien calificado frente a los candidatos de sus preferencias. Significa saltarse las reglas y poner el "opinomentro" en lugar del juego limpio democrático.

En un análisis de estos problemas deberíamos ir por partes y diferenciar cosas básicas. Resulta claro que, con la liberación de Ingrid Betancur y los otros catorce secuestrados, el gobierno se apunta su mayor éxito o al menos el de mayor impacto público. La razón es muy sencilla: una acción efectiva para sacar siquiera a una persona de las cadenas del secuestro es algo que encuentra muy pocos opositores razonables. Más si el asunto fue incruento. Todavía más si puede generar alguna esperanza de reconciliación.

Pero si la sociedad colombiana sigue empeñada en un modelo de sociedad que se guié de manera democrática, no puede pensar que a cualquier éxito de uno de sus dirigentes deban cambiarse las reglas para que éste pueda continuar en el poder. Por demás, estos balances de "opinometro" resultan siempre parciales y sujetos al efectismo mediático: un éxito parcial, por espectacular que sea, no puede valer por el todo. Nuestros problemas como sociedad son mucho más complejos y reducirlos a uno de sus aspectos siempre conducirá al diseño de estrategias erróneas.
Una de las cosas que marca nuestra política actual es que todo tiende a leerse de manera muy polarizada. Un acontecimiento que nos debería unir, ahora se lee en términos de campaña y toda campaña suele crear bandos. Y eso no siempre es saludable. Deberíamos concentrar más los esfuerzos en ver como se puede aprovechar el clima generado por estos acontecimientos, para reconducir el sendero, para hacer viable una negociación, para desactivar los factores de la guerra.

Pero esto resulta casi imposible si la situación se contamina de aspiraciones al solio presidencial. Vivir en una eterna campaña presidencial no deja tiempo para gobernar adecuadamente ni para hacer oposición seria. Vivir en un eterno ambiente de campaña electoral, genera mucha animosidad y dificulta algunos consensos básicos y necesarios. Colombia lleva ya seis años en que pasa muy poco tiempo sin que se hable de campaña, sin que se hable de candidatos y sin que se llegue a pugnas centradas en estas aspiraciones, mientras se deja de lado la solución de los problemas del país.

Una tarea urgente y gravísima nos queda en el futuro. Desmarcarnos de la polarización uribismo-antiuribismo y de este insoportable clima de campaña electoral. Eso ayudaría a crear un ambiente en el que el gobierno tiene tiempo para hacer lo suyo y quien quede en la oposición tiene las herramientas y el tiempo para convertirse en alternativa de poder sin que sea satanizado.

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