Cuando el poder la emprende contra un amigo y se ensaña con sus palos y sus insultos contra la fragilidad de su cuerpo y lacera su espíritu sensible; cuando, por el mero hecho de hacerlo en nombre de los poderosos, irrumpe fieramente para causar dolor; todo ello se convierte en un síntoma más de descomposición de esta sociedad. Y pienso en el poema de José Agustín Goytisolo:
"El tirano llegó y mostraba
sus insignias ante nosotros.
Alzó luego la mano y dijo:
nadie que no me siga vivirá.
Ni mantis religiosa
ni víbora ni hiena
son peores que el creyente
mata por convicción
por caridad."
Y me siento urgido de hablar de este amigo, tal como lo conocí. Aquí en los predios de la Universidad de Antioquia, cuando llegó a ejercer de profesor en Sociología y cuando, a partir de la excelencia de su desempeño se fue convirtiendo en un referente tanto para los estudiantes como para muchos de nosotros como profesores. Una persona tímida y de una cordialidad ejemplar. Un hombre exigente y respetuoso, de aquellos que realmente pueden revelarnos nuestras capacidades ocultas o nunca exigidas. Sospecho que su espíritu es incapaz de la pose petulante que aqueja a muchos de nuestros Doctores, ya sean inteligentes o mediocres. Este Miguel Ángel -que hoy sufre prisión, porque se atreve a pensar- siempre me asombró por su buen desempeño llevado con serenidad, tanto que me arriesgo a decir que para el departamento de Sociología de la Universidad de Antioquia supuso renovación en más de un sentido.
Quisiera detenerme en dos comentarios acerca de esta experiencia. Lo primero. Transmitir y estimular la producción de conocimiento es, sospecho, la cosa que más lo apasiona. Por eso su relación con los estudiantes estaba impregnada de este espíritu, carente de prejuicios, reflexivo y disciplinado. Es decir un profesor, cuyo contacto con los estudiantes era un muy buen estímulo para emprender el camino de la vida universitaria. Recuerdo que sus cursos de Teoría sociológica agregaron a las lecturas más convencionales, autores que eran poco discutidos -vagamente conocidos- en nuestro medio académico: Niklas Luhmann, Anthony Giddens, Jon Elster, Erving Goffman. Todos estos autores abordados con un esmero ejemplar, con el fin de mostrar a los estudiantes un amplio espectro de investigación en el ámbito de las ciencias sociales. La experiencia de un curso dirigido por Miguel Ángel siempre representaba para los estudiantes una gran exigencia. Pero en general, se podían escuchar elogios tanto a su manera de explicar las cosas como a los medios utilizados por el profesor para estimular la capacidad analítica de los estudiantes.
La segunda cosa que logró fue contagiar a los profesores de esa actitud y comenzar con algunos de ellos la revisión del Pensum y la malla curricular del departamento, con miras a procesos venideros de acreditación. Pero sobre todo inspirado en la necesidad de actualizar y poner a tono la formación de nuestros sociólogos con debates académicos muy contemporáneos. Siempre supo colocar allí puntos de discusión que posibilitaran clausurar disputas estériles y abrir espacios para afrontar la responsabilidad de hacer de la universidad un espacio de formación responsable.
Cuando decidió abrirse a nuevas posibilidades laborales, pude corroborar que entre profesores y estudiantes cundió cierta tristeza y una sensación de pérdida, que estuvo acompañada, obviamente, de la alegría que produce que el amigo haya abierto sus horizontes. Hoy que vemos aporreada su dignidad y su libertad, se nos arruga el alma y se reciente esa perspectiva que tenemos de vivir en una sociedad más justa.
"El tirano llegó y mostraba
sus insignias ante nosotros.
Alzó luego la mano y dijo:
nadie que no me siga vivirá.
Ni mantis religiosa
ni víbora ni hiena
son peores que el creyente
mata por convicción
por caridad."
Y me siento urgido de hablar de este amigo, tal como lo conocí. Aquí en los predios de la Universidad de Antioquia, cuando llegó a ejercer de profesor en Sociología y cuando, a partir de la excelencia de su desempeño se fue convirtiendo en un referente tanto para los estudiantes como para muchos de nosotros como profesores. Una persona tímida y de una cordialidad ejemplar. Un hombre exigente y respetuoso, de aquellos que realmente pueden revelarnos nuestras capacidades ocultas o nunca exigidas. Sospecho que su espíritu es incapaz de la pose petulante que aqueja a muchos de nuestros Doctores, ya sean inteligentes o mediocres. Este Miguel Ángel -que hoy sufre prisión, porque se atreve a pensar- siempre me asombró por su buen desempeño llevado con serenidad, tanto que me arriesgo a decir que para el departamento de Sociología de la Universidad de Antioquia supuso renovación en más de un sentido.
Quisiera detenerme en dos comentarios acerca de esta experiencia. Lo primero. Transmitir y estimular la producción de conocimiento es, sospecho, la cosa que más lo apasiona. Por eso su relación con los estudiantes estaba impregnada de este espíritu, carente de prejuicios, reflexivo y disciplinado. Es decir un profesor, cuyo contacto con los estudiantes era un muy buen estímulo para emprender el camino de la vida universitaria. Recuerdo que sus cursos de Teoría sociológica agregaron a las lecturas más convencionales, autores que eran poco discutidos -vagamente conocidos- en nuestro medio académico: Niklas Luhmann, Anthony Giddens, Jon Elster, Erving Goffman. Todos estos autores abordados con un esmero ejemplar, con el fin de mostrar a los estudiantes un amplio espectro de investigación en el ámbito de las ciencias sociales. La experiencia de un curso dirigido por Miguel Ángel siempre representaba para los estudiantes una gran exigencia. Pero en general, se podían escuchar elogios tanto a su manera de explicar las cosas como a los medios utilizados por el profesor para estimular la capacidad analítica de los estudiantes.
La segunda cosa que logró fue contagiar a los profesores de esa actitud y comenzar con algunos de ellos la revisión del Pensum y la malla curricular del departamento, con miras a procesos venideros de acreditación. Pero sobre todo inspirado en la necesidad de actualizar y poner a tono la formación de nuestros sociólogos con debates académicos muy contemporáneos. Siempre supo colocar allí puntos de discusión que posibilitaran clausurar disputas estériles y abrir espacios para afrontar la responsabilidad de hacer de la universidad un espacio de formación responsable.
Cuando decidió abrirse a nuevas posibilidades laborales, pude corroborar que entre profesores y estudiantes cundió cierta tristeza y una sensación de pérdida, que estuvo acompañada, obviamente, de la alegría que produce que el amigo haya abierto sus horizontes. Hoy que vemos aporreada su dignidad y su libertad, se nos arruga el alma y se reciente esa perspectiva que tenemos de vivir en una sociedad más justa.
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