Como a uno de sus hijos –por adopción mal intencionada- la casa editorial El Tiempo acaba de devorar la revista Cambio. El hecho tiene como razón oficial la decisión de la empresa editorial de reorientar sus publicaciones hacia mercados más segmentados y, por esa vía convertir a Cambio en una revista de variedades. El argumento económico hace parte de la lógica de la libertad de empresa, pone en el centro el asunto de la viabilidad del negocio. Pero se superpone a la pertinencia de un medio de comunicación que ha cultivado el periodismo investigativo, con importantes resultados en los últimos años, si se evalúa el papel que éstos deben cumplir en sociedades democráticas frente a los desmanes del poder y sus agentes más privilegiados.
El tema no es de menos significación que la denuncia de censura dirigida a cualquier gobierno que actúa directamente contra la libertad de prensa. Y coloca el asunto en un punto quedó adecuadamente planteado por María Elvira Samper (en entrevista a la W-Radio) cuando señala que en una democracia es importante la existencia de más medios y no menos, de más voces dentro de esos medios y no menos, de más alternativas para que los ciudadanos se informen y no menos. Lo que ha ocurrido con la revista Cambio y con su censurador propietario revela lo problemático de la posesión monopólica y hegemónica que en el control de los medios de comunicación tienen algunos grupos de interés.
A pesar del argumento de la libertad de empresa, hay allí una fuente importante de restricciones a la libertad de prensa y de opinión. Cuando un grupo se constituye en propietario de casi todos los medios de comunicación importantes y además mantienen una relación directa con el poder, sintiendo como propios los intereses de los agentes gubernamentales, se configura un autentico problema para la autonomía e independencia en la opinión pública democrática. Con base en este tipo de relación se pone en curso la práctica en la que se juntan poderes privados y públicos, para defender intereses particulares, con la consigna según la cual “si no estás con mi amigo, estás contra mí”. Como se sabe esto no está muy lejos del grito del tirano: “nadie que no me siga, vivirá”.
Y el asunto tiene aun una dimensión más triste: además de cerrar la revista y expulsar de allí a los gestores de una línea periodística responsable y crítica, se propone convertir la publicación en un folleto de variedades; eso es una infamia, como cuando se hace desfilar a un condenado con trajes ridículos, para su escarnio e ignominia. No solo el cierre, sino la degradación del periodismo de investigación al grado de la nota curiosa, del chisme y la banalidad, que entretienen al gran público y que de paso, aportan más ganancias al verdugo.
Los tiempos –como El Tiempo cuando devora a uno de sus hijos- sólo son aparentemente paradójicos. No habrá que asombrarse que mientras el gobernante pide el aumento del número de espías e informantes, otros –alegando títulos de propiedad- asumen la tarea de acallar o degradar a los responsables de que los ciudadanos dispongan de información confiable, contrastada y plural acerca de las actividades de quienes ejercen el poder. Aquí la censura no necesita órdenes desde el palacio del gobernante, porque cuenta con la sensibilidad acuciosa y cómplice de quienes se cuidan la espalda. Más que paradójico es una forma de división del trabajo. Y una sociedad que se dice democrática debe encender sus alarmas cuando el monopolio logra hacer lo que en otros países hacen los gobiernos antidemocráticos: acallar la información crítica e independiente sobre los agentes del poder.
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