La declaratoria de inconstitucionalidad de la convocatoria al referendo reeleccionista, saca de la monotonía al actual periodo electoral. El ruido producido por la posibilidad de una segunda reelección se había convertido en un factor de empobrecimiento del debate, reduciéndolo a la toma de posición en pro o en contra, creando una polarización alrededor de la imagen del mandatario e induciendo una lógica de amigo-enemigo bastante entorpecedora de un debate electoral necesario, cuyos matices podrían revelar el valor de la alternancia política. La decisión de la Corte es la campanada de arranque de las campañas presidenciales y una señal importante para los que aspiran a figurar en las elecciones del 14 de marzo.
El tiempo es corto y las tareas apremiantes. En menos de dos semanas tendrán lugar las elecciones parlamentarias y dos consultas internas para la escogencia de candidatos oficiales en el conservatismo y en el partido Verde Opción Centro. El primero de estos partidos se juega entre el Uribismo de caricatura y las pretensiones de una líder política experimentada e incierta. Entre los Verdes, por su parte, se traza la estrategia de escoger sin producir fisuras, entre exalcaldes relativamente exitosos en sus gestiones locales. Más allá de esto, en un lapso de tiempo muy corto se harán reacomodos, se ajustarán las estrategias para afrontar este proceso, que será una prueba de fuego para todas las fuerzas en contienda.
En todo caso éste es el primer pulso con miras a posibles coaliciones para las elecciones presidenciales.
A partir de ahora los distintos jugadores tienen que demostrar su capacidad de competir sin Uribe o con Uribe en la sombra. La suposición de que la decisión de la Corte saca al Presidente de la contienda no es plausible; pero es razonable pensar que en todo caso lo cambia de lugar, asumiendo el papel de fiel de la balanza, al menos en lo que tiene que ver con la estrategia de su coalición. Y en esto adquiere valor profético la sentencia de José Obdulio: “Si Uribe no puede correr le toca a él mismo ayudar a buscar un relevo en ese liderazgo interno. Gente es lo que hay, pero es gente de un nivel secundario. En el Uribismo la jerarquía la tiene Uribe.” (El País de Cali, febrero de 2009). Esto parece indicar que el peso de la figurilla del primer mandatario puede resultar oneroso para sus propios herederos, al punto de que cualqui er señal de preferencia más que unir puede crear fracturas que pongan en desbandada a quienes no se vean ungidos por las palabras del líder.
Por su parte, los aspirantes parlamentarios y al cargo presidencial, no podrán seguir poniendo el énfasis solamente en la idea de que apoyan o se oponen a lo que hace el actual gobierno. Tendrán que ofrecer propuestas, esforzarse por ser escuchados y brindar pistas acerca de cómo concilian continuidad y cambio en la dirección del Estado. En todo caso, anclarse en la permanencia de un estilo de gobierno, cuando su artífice está de salida, es condenarse a depender de la sombra y reducir las posibilidades de hacer una gestión que pueda tomar distancia de este antecedente. Tal vez ni siquiera los más acérrimos seguidores emulen totalmente el estilo del actual presidente, ya porque toda imitación es desechada con facilidad, ya porque resulta problemático continuar con un estilo que tiene efectos desinstitucionalizadores adversos y evidentes.
Por último, cabe señalar dos cosas que poco cambiaran por efecto de la señal enviada por la Corte Constitucional. El apoyo que muchas candidaturas a la Cámara y al Senado han cosechado a partir de su fortaleza en el poder regional o local, tendrá pocas modificaciones y más bien tiende a reforzarse, como una manera de suplir aquello que pierden al no tener a Uribe como soporte. Muchos menos cambios cabe esperar de aquellas estrategias que se soportan en los enclaves familiares, cacicazgos que difícilmente se ven cuestionados por ningún debate en la opinión pública.
Frente a todo esto, que constituye el juego “normal” de la política, pero que distorsiona los resultados y crea desequilibrios entre los competidores, lo único que cabe esperar es una alta afluencia de votantes libres, de gente sin atadura y con criterio, cuyo compromiso sea promover el cambio que requieren las instancias de representación política en Colombia. Para que en poco tiempo no estemos preguntando sobre la calidad de nuestros congresistas, interrogando acerca de por qué gente con tantos enredos judiciales son nuestros representantes y agregando quejas al abultado memorial de agravios sobre la calidad del poder parlamentario. No quiero hacer creer que estas preguntas sean ilegitimas, sino advertir que es mucho mejor hacerlas cuando uno ha intervenido en el proceso de configuración de este tipo de poderes.
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