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EL FESTÍN POLITIQUERO Y LOS CONSEJOS DE UN ALMA MEZQUINA

"La democracia necesita que los aspirantes al poder sean capaces de tolerar la derrota"

(A. Przeworski)

Un indignado senador Uribe censura el uso político de la paz. Según sus cálculos, quienes promovieron los acuerdos están interesados sólo en el show mediático, en armar una “recocha” y malbaratar los dineros públicos. Es lógico que juzgue esto como una perversidad. Sólo que esta “perversidad” contiene una promesa y traza un camino alternativo para un pueblo que empeñó parte de su historia en autolesionarse y en dañar al que piensa distinto. La promesa y el camino contenido en este acuerdo son despreciables a los ojos del exmandatario, quien no repara en razones humanitarias ni estratégicas.
Esta obsesión “anti-paz” o “pro-paz verdadera” –que para los efectos es lo mismo– ha sido difundida ampliamente por los medios de comunicación, en las universidades, las plazas, las iglesias. Ha sido repetida en los foros por quienes sirven de voceros del exmandatario y por aquellos que ven en él a un líder sin par. La defiende también un grupo que, como el lado oscuro, usa un lenguaje procaz y amenazante para descalificar como “inmaduros” a los defensores del Sí. Todo este coro ha enfilado baterías contra la campaña gubernamental, contra los promotores civiles del Sí y en general, contra la esperanza que estos acuerdos suponen para los colombianos.
El argumento de Uribe es simple y pegajoso: de esa acción se derivan beneficios políticos que las FARC usarán para ganar visibilidad y engañar a la gente y la comunidad internacional. Esto se anuda al argumento de que el NO del plebiscito es una forma de pedirle a esta organización que acojan otras condiciones, muy parecidas a la rendición: cárcel para sus máximos cabecillas y posibilidad muy restringida de competir por cargos públicos electivos. ¿Son estos reclamos razonables? ¿Cómo creer que alientan un acuerdo cualitativamente mejor que el que se ha obtenido en la Habana?
La pretensión es retórica y engañosa y no contiene una solución alternativa que vaya mas allá del humo o de la sangre ¿O acaso en la genuina picardía de Uribe cabe la idea de que esa petición será atendida por una organización estratégica con pretensiones de poder? Por eso mismo, propuestas así van encaminadas a nutrir nuestra pandemia de malos entendidos y rencores fratricidas.
Advierte el senador que todo este andamiaje de la paz pone en riesgo el futuro del país y entrega nuestra democracia al “terrorismo” y al “Castrochavismo”.  No deja de ser llamativa la suposición de que los esfuerzos de reconciliación, y los rituales que le son inherentes, constituyan un arma mas letal que la guerra, que son menos tolerables que ver soldados mutilados y civiles sometidos a las vilezas de la confrontación. El alma del expresidente –aun no redimida de las ambiciones de poder que lo vuelven insidioso– le sugiere que debe entorpecer estas gestiones y le dice que, aprovechando su reconocimiento y popularidad, aliente a sus seguidores para evitar que los planes de paz y reconciliación se concreten.
Uribe, que se acostumbró a vivir en un permanente clima electoral, no puede ver esta decisión en perspectiva de Estado, desprovistas del espíritu mezquino inherente a la competencia por curules y otros cargos. Al plantear los reparos a las gestión del presidente Santos y de su equipo negociador en términos de “festín politiquero”, se pone en evidencia que está compitiendo por los réditos del mismo festín. Esa clase de reclamos no se hace, salvo que uno esté interesado en lo que el otro obtiene: visibilidad política, popularidad, reconocimiento internacional, posibilidades electorales para su partido. Y su desvelo está ahí. La serenidad embargada por la ambición de un próximo mandato para él o para uno de sus testaferros. 
Este comportamiento cicatero y contagioso alimenta el riesgo de alargar la condena de hombres y mujeres conducidos a la guerra. El reclamo de una “paz auténtica” que no ofrece salidas a la confrontación, significa mas años de destrucción y muerte. El lado canalla de este liderazgo gobierna en estas circunstancias y golpea las esperanzas de quienes ambicionan la posibilidad de vivir en una sociedad en la que se mate y se muera menos.

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