Esta última etapa vivida por el país ha implicado una ganancia: ha propiciado el intercambio de opiniones y puntos de vista sobre nuestro futuro individual y colectivo. Motivadas por el tema de la continuidad de la guerra o de las alternativas de paz, estas conversaciones testimonian que cuando una expectativa como ésta se incorpora en la agenda pública y en los diálogos cotidianos de la gente, produce un efecto ganancioso respecto del estado anterior de cosas: el silencio de la artillería tiene como paralelo el incremento de voces y pronunciamientos sobre las implicaciones de ensayar un convivencia pacífica. El cambio de protagonistas –ya no ejércitos sino gente común– implica un cambio de libreto y es un punto de inflexión que obliga a pensar que al dejar de matarnos podemos tramitar nuestros conflictos civilizadamente, logrando que en este trámite se creen oportunidades incluso cuando corresponde ceder o postergar la realización de nuestros intereses.
Aunque puede suponerse que todo el mundo esté convencido de los beneficios de abandonar la rutina de la confrontación armada, si se marca una diferencia en el hecho de que incluso los generales de ambos bandos –acostumbrados a la táctica y al fusil– han empezado a darle la oportunidad a la palabra, han expresado sus expectativas, señalando un mundo en el que se pierdan menos vidas, se inflijan y se sufran menos daños. Paradójicamente, algunos sectores de la sociedad civil han asumido posturas que imitan la boca fría y peligrosa de la pistola y añoran el carácter letal de las fuerzas armadas. Salidas de sus cabales, destilan odio y en sus decires venenosos arrastran el murmullo de áulicos enfermos de rencor. Esta ganancia de la palabra en unos y pérdida de entendimiento en otros es paradójica, pero ofrece una oportunidad para crear un balance distinto en la opinión pública, radicalmente favorable la convivencia civilizada.
Se requieren compromisos en muchos frentes. Por ejemplo, para que el tema agrario no siga siendo letra muerta, hay que fortalecer el Estado con herramientas de control territorial y de la propiedad, con presencia efectiva en la provisión de bienes públicos; pero también evitar que los poderes fácticos de siempre usen sus propios recursos para impedir una vez más que haya una porción del campo dedicado a producir alimentos en pequeña o mediana escala, incidiendo en la democratización de algunas oportunidades. Esto demanda un esfuerzo grandísimo porque representa una de las apuestas más audaces del acuerdo que no se orienta a complacer las demandas de un grupo armado que se desmoviliza sino que apunta a un factor que ha convertido a Colombia en un país contradictorio e infame, que le quita oportunidades a un sector estratégico de su población y socava sus posibilidades de futuro. Por esa misma razón y por su significado es que sus enemigos públicos y declarados, sumados a los que están en la sombra criminal, tratan esta parte del acuerdo con encono, desacreditan su contenido, lo muestran como algo irrealizable o amenazan cualquier posibilidad de concretar las políticas que allí se trazan.
De igual modo, para que la desmovilización sea efectiva, para que se cumpla el compromiso de marginar las armas de la política y para que de esto no se siga el genocidio ni la reincidencia de los excombatientes en actividades criminales, sino la reincorporación efectiva en la política, la economía y la sociedad del grupo que le apostó a la paz, se requiere un esfuerzo colectivo gigantesco, que no se reduce a recursos fiscales. Poner en marcha la mecánica de la reincorporación, ser conscientes de sus costos, pero también de las oportunidades que esto supone para propiciar un diálogo que incorpore y amplíe los escenarios de discusión democrática de las preferencias y proyectos políticos de diversa índole, sin estigmatizaciones y respetando las bases elementales del juego democrático.
Por eso la apuesta grande, aquella que abre posibilidades de que el proceso impacte positivamente en nuestros modos de afrontar la política, está asociada con la capacidad que tengan los diversos sectores del establecimiento de respetar el pensamiento divergente y dejar de acudir al recurso de la estigmatización cuando se advierte que las visiones del otro no coinciden con las hegemónicas.
Como augurio y señal de que algo bueno puede pasar, los acuerdos de La Habana reclaman el compromiso tanto de los firmantes como de la ciudadanía. Eso quiere decir que no es un resultado de las buenas intenciones o un milagro. Los efectos esperados en el agro, el impacto en la democratización del poder político, las posibilidades de resarcimiento de las víctimas y en general, la promesa de la reconciliación, reclaman que la implementación eficiente de medidas que conviertan los acuerdos en decisiones políticas, sea complementada con cambios sustanciales en las actitudes cotidianas, buscando que sean más propicias a una sociedad que tramite sus diferencias de manera civilizada.
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