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UNA APUESTA POR LA ESPERANZA

“Para que el tiempo no se detenga,
Para que el sueño no se inmovilice,
Para que la sonrisa sea alta y clara
Para que una mujer aprenda a ver crecer a su hijo,
Y las pupilas del hijo vean como su madre es cada vez mas jóven.
Hoy he dado una firma, la mia, para la Paz”

(Efrain Huerta)

Hemos experimentado la guerra y su atrocidad ha tocado el sentimiento y la carne de los nuestros. Hechas de desprecio y sinsentido, las guerras ejemplifican bien los conflictos destructivos y estúpidos de los que habló Hesíodo. La retórica que acompaña a los generales de cualquier ejercito, las armas que amparan su terca valentía, el daño que prodigan, la sangre derramada que clausura la vida, todo eso debería ser objeto de ironías, de sarcasmos y no de veneración. Pero en la cultura, y en el discurso público que la delata, tiene fuerza la fascinación por los héroes –armados todos ellos, acólitos de la muerte– y se ve mal a quien acuerda con los otros, a quien ha decidido que no vale la pena matar ni morir por “ideales”; a esto lo llaman cobardía y no amor a la vida.

Esta fascinación con los héroes está emparentada con nuestra propensión a la venganza, a clamar por un tipo de justicia en la que prima la espada sobre la balanza, en la que una herida pide como respuesta un golpe mayor al adversario. Así, ante los perpetradores de violencias movidos por algún ideal se erigen justicieros, entrampados en el odio, que agencian atropellos, con palabras y con armas, para resarcir dolores. Como es natural, en esta espiral no hay cierre. ¿Cómo salir de esta trampa de retaliación y odio?

Cincuenta años de valentía de uno y otro bando, demasiados héroes enfrentados, han dejado un balance de muertos y desarraigo, de fracturas terribles de los vínculos. ¿Estaremos a la altura del reto que implica sustituir el heroísmo pendenciero por un auténtico compromiso con la vida? La oportunidad está, el mecanismo también. Queda en nosotros la decisión de apostarle a la Sabiduría e Inteligencia del SI, e impedir que la necedad y el odio embarguen toda posibilidad de transitar hacia una sociedad en la que la diferencia no induzca el miedo y las opiniones encontradas no estén acompañadas de disparos.

Preocupa la reiteración de consignas belicosa, basada en cálculos erróneos, mentiras  y grandes vacíos de información, que no estiman seriamente el monto que habrá de invertirse para tener un país reconciliado y trabajando por la paz. Resulta paradójico el esfuerzo por confundir a quienes se verían beneficiados directamente por la inversión pública y privada tanto en el desarrollo agrario como en el proceso de reintegración de ex combatientes y territorios marginados; o inducir el miedo entre quienes apuestan por el mejoramiento de la participación ciudadana y por el reconocimiento de las víctimas y su reparación.

Ante estas posibilidades,  que implican menos guerreros en un país que se desangra, hay voces que advierten de los costos de emprender este camino; señalan que es un mal ejemplo para las nuevas generaciones y, a cambio, piden paz verdadera. Se habla de costos sin declarar los ya causados por la guerra; se habla de mal ejemplo, sin reconocer aquello que significa habernos matado por tanto tiempo sin reparar en la magnitud de la barbarie. Se pide paz verdadera para oponerse a un acuerdo logrado con inteligencia y tenacidad; a cambio se promueve una negativa que estrecha las posibilidades de liberarnos del desangre y que olvida, como pasa tantas veces con las cosas humanas, que lo perfecto es enemigo de lo posible.

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